Bangladesh nunca ha participado en un Mundial, pero cada cuatro años este país de 170 millones de habitantes se convierte en uno de los públicos más apasionados del fútbol, y este verano la pasión se ha desbordado. Las calles de Dhaka, la capital del país, se engalanaron con banderas de un kilómetro de largo. Gigantescas siluetas de Messi se alzan sobre las callejuelas residenciales. Una calle del casco antiguo de Dhaka, repintada con murales de leyendas del fútbol, ha sido rebautizada con cariño como Calle de la FIFA, y en las callejuelas la gran discusión sobre
“¿Yamal o Messi, España o Argentina?” se ha librado con fervor durante los últimos días en los puestos de té, en las aulas, en las azoteas.
Anoche muchos niños y niñas permanecieron despiertos hasta tarde para ver la final. Como Belal, que tiene once años y estudia sexto en una de las escuelas con las que colaboramos. No iba a perderse ver jugar a Lamine Yamal. Cuando le preguntamos cuál iba a ser el resultado del partido sus ojos se iluminaron, empezó a gesticular con alegría y, de repente,
se lanzó a hablar de Lamine Yamal como si fueran amigos: “Soy seguidor de España porque me gusta cómo juega, aunque es muy joven, su velocidad, su inteligencia y sus habilidades futbolísticas han impresionado a aficionados de todo el mundo. Me inspira a trabajar duro y a superarme”, nos explica.
Belal participa en nuestro proyecto de apoyo a la infancia víctima de trabajo infantil, que llevamos a cabo con el apoyo de la organización ChorogUsan for Children. Vive en un barrio de Dhaka, Shyamoli, donde
tener un televisor es un lujo al alcance de muy pocos. Al igual que cientos de niños y niñas de esta comunidad, sabe lo que significa levantarse antes del amanecer para ganarse el sustento, pasar toda la jornada escolar con los ojos cansados y, aun así, encontrar la energía para soñar. Este mes, ese sueño lleva botas de fútbol.
Para los niños y niñas del proyecto, sumarse a esa celebración requiere una determinación que la mayoría de los aficionados nunca necesitará.
Sus familias sobreviven con ingresos muy escasos, por lo que una camiseta, por no hablar de un televisor, está fuera de su alcance. Sin embargo, de alguna manera, encuentran la forma de ver los partidos. Algunos se apiñan con los vecinos alrededor de una única pantalla compartida, una docena de rostros iluminados por la pantalla, y toda la habitación se levanta al unísono cuando se marca un gol. Otros se reúnen en la entrada de la casa de un vecino, en la oscuridad, con el corazón a mil, siguiendo un partido que se juega al otro lado del mundo.
A la mañana siguiente, algunos llegan a clase con el rostro cansado, pero sonriendo. Sus profesores lo entienden. Lo que el Mundial ha despertado en estos niños y niñas es precisamente lo que el proyecto pretende proteger y cuidar: el derecho a ser niño. Ese derecho se está reivindicando, con ruido y alegría, en las escuelas del proyecto, donde más de
500 niños y niñas que no iban a la escuela porque trabajaban han recuperado la educación que antes se les negaba.
Kawsar acude a cada partido luciendo con orgullo su camiseta de Argentina. “Cuando los veo jugar me siento feliz y sueño con convertirme en futbolista algún día”, dice. Su compañero de clase Mim llama a Messi
El mago del fútbol. Kabir es un ferviente admirador de las alegres celebraciones de los goles de Brasil, que imita con sus amigos después de cada partido, mientras que Hamza defiende el hermoso juego de pases de España ante cualquiera que quiera escucharle:
“Verlos jugar me enseña que el trabajo en equipo es muy importante”. En una infancia antes marcada por el trabajo y la necesidad, una discusión interminable y llena de risas sobre el fútbol es un pequeño milagro, prueba de que estos niños ahora tienen el tiempo, los amigos y la libertad para interesarse por un deporte.
El Mundial se ha convertido en un aliado inesperado en su camino. Alrededor del 40% de los estudiantes tiene ahora una camiseta de fútbol, que guardan con cuidado y lucen con el orgullo de un trofeo. Juegan con regularidad y
casi un tercio de las niñas se ha iniciado en este deporte, en comunidades donde rara vez se fomenta que ellas jueguen. En el campo, los niños que antes trabajaban solos y en silencio están aprendiendo lo que ninguna aula enseña por completo: a pasar el balón, a compartir, a perder juntos y a ganar juntos. Solidaridad, amistad, generosidad: el plan de estudios más antiguo del fútbol.
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