Hablan de besos, secretos o caricias. Pero no siempre tienen claro qué significa cada cosa. Cuando preguntamos a niños, niñas y adolescentes cómo entienden sus relaciones, lo que aparece no es solo confusión. También aparecen dudas, vergüenza y, en muchos casos, situaciones que les hacen daño.
En nuestra ONG Educo lo vemos cada día: educar en afectividad y buen trato es una forma de proteger la infancia.
Para comprender mejor esta realidad, nuestra ONG Educo y la red #LaInfanciaEnElCentro hemos querido hacer algo sencillo, pero poco habitual: escuchar directamente a chicos y chicas.
Hemos hablado con 334 niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 20 años, que participan en programas sociales en distintas comunidades autónomas. No queríamos interpretar lo que viven, queríamos que lo contaran ellos y ellas.
La propuesta también fue sencilla. Les pedimos que ordenaran conceptos cotidianos —como risas, secretos, besos o caricias— en función de si los asociaban con la afectividad, la intimidad, la sexualidad o la genitalidad. Sin darles explicaciones previas.
Aunque muchas respuestas eran correctas, casi un 35 % mostraba confusión. Y no se trata de un detalle menor. Porque cuando no se distinguen bien estos conceptos, tampoco se reconocen los límites.
De hecho, lo más difícil de identificar no es lo sexual en sí, sino lo íntimo: aquello que tiene que ver con compartir lo personal, con la confianza. Ahí es donde aparecen más dudas, y también donde pueden empezar los problemas.
Cuando no hay claridad, los límites se difuminan.
Esta falta de claridad tiene consecuencias reales: más de la mitad de los chicos y chicas que participaron en el estudio asegura haber vivido relaciones que les han hecho daño. Y en la adolescencia, la cifra aumenta de forma preocupante: tres de cada cuatro jóvenes entre 15 y 20 años reconocen haber pasado por este tipo de situaciones.
Pero lo más llamativo no es solo que ocurra, sino por qué se mantiene. Muchos explican que aceptan estas relaciones porque “es lo normal”. Otros hablan del miedo a quedarse solos o a ser rechazados. En definitiva, no siempre se trata de no saber, sino de no tener herramientas para actuar de otra manera.
Cuando no se identifican bien los límites, es más fácil normalizar lo que duele.
A pesar de todo, hay algo que sí tienen muy claro. Cuando se les pregunta qué hace que una relación sea buena, las respuestas coinciden: sentirse cuidados, escuchados, respetados, poder confiar, saber que alguien estará ahí cuando lo necesiten.
En todas las edades aparece una idea que se repite una y otra vez: la necesidad de sentirse protegidos. Esto nos da una pista importante. Saben lo que necesitan para estar bien, pero no siempre saben cómo construirlo o cómo exigirlo.
Otro elemento que no podemos ignorar es el papel de las redes sociales. Para muchos adolescentes, no son solo un espacio donde pueden darse riesgos, son también un lugar donde se construyen vínculos, donde comparten lo que sienten, donde buscan apoyo cuando están mal o donde encuentran su lugar en el grupo.
Las relaciones, hoy, también pasan por lo digital. Y la educación afectivo-sexual no puede quedarse fuera de ese espacio.
Todo esto nos lleva a una conclusión clara: necesitamos repensar cómo hablamos de afectividad y sexualidad con niños, niñas y adolescentes. No basta con explicar lo biológico ni con advertir de los riesgos, es necesario ir más allá: hablar de emociones, de límites, de consentimiento, de cuidado mutuo. Ayudarles a poner palabras a lo que sienten.
Porque cuando no hay palabras, la vergüenza ocupa ese lugar. Y cuando la vergüenza manda, los límites se vuelven difusos.
En nuetsra ONG Educo defendemos que la infancia no es solo destinataria de las acciones, sino protagonista. Escuchar a niños, niñas y adolescentes no es un complemento. Es la base para entender qué necesitan de verdad y cómo podemos acompañarles mejor.
Cuando participan, no solo aprendemos nosotros, ellos y ellas también reflexionan, se cuestionan y construyen relaciones más sanas desde el presente.
La educación afectivo-sexual no es solo información, son relaciones, es aprender cómo nos tratamos y cómo nos sentimos. Si queremos prevenir la violencia —también la sexual—, tenemos que empezar antes, en lo cotidiano, en el buen trato, en enseñar a cuidarse y a cuidar.
Porque, al final, todo se resume en algo muy simple: educar en buen trato es proteger la infancia.
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