Alma Cecilia Hernández Gutiérrez lleva más de 20 años trabajando junto a comunidades indígenas en el norte de Guatemala.
Desde la organización Tierra Nueva, en Huehuetenango, impulsa proyectos de prevención de la violencia, empoderamiento de mujeres y protección de la infancia. Creció viendo el trabajo social de su padre durante el conflicto armado interno guatemalteco y esa experiencia marcó su camino profesional y personal.
En esta entrevista, reflexiona sobre las desigualdades que viven las niñas y niños mayas, el peso del machismo en las comunidades rurales y el poder transformador de la educación. El enfoque encaja con la visión de nuestra ONG y nuestro trabajo en Guatemala: apoyar a la infancia y a su entorno para garantizar derechos, protección y oportunidades reales.

Cecilia en una charla sobre liderazgo femenino que impartió recientemente en Galicia, España.
Vengo de una familia muy vinculada al trabajo comunitario. Mi padre trabajaba en la Pastoral Social de Huehuetenango durante el conflicto armado interno en Guatemala y desde pequeñas nos llevaba a las comunidades. Ahí conocimos de cerca la realidad de muchas familias indígenas que habían sufrido desplazamientos, violencia y pobreza extrema. Creo que desde entonces entendí que quería dedicar mi vida a trabajar junto a las comunidades.
Sí, fuimos un grupo de amigos y profesionales de distintas áreas quienes empezamos el proyecto en 2007. Sentíamos que necesitábamos hacer algo más. Veíamos mucha violencia intrafamiliar en Guatemala. Después del conflicto armado, la violencia quedó muy instalada dentro de las familias. Muchas personas crecieron pensando que educar era pegar o imponer miedo.
Queríamos trabajar desde otro lugar: acompañando a las mujeres, la infancia y las comunidades para demostrar que otra forma de vivir sí era posible.
La mayoría vive en comunidades rurales y se dedica a la agricultura o al cuidado de la familia. Muchas mujeres no tuvieron acceso a la educación, algunas apenas aprendieron a leer y escribir. Además, muchas solo hablan su idioma materno.
Cuando empezamos los proyectos nos preguntábamos cómo podíamos comunicarnos realmente con ellas. No podíamos llegar con talleres tradicionales en castellano y esperar que funcionaran. Por eso empezamos a utilizar metodologías más participativas y lúdicas, con dibujos, dinámicas y espacios de reflexión comunitaria.
Hay muchísimas. Una muy fuerte es el acceso a la tierra. Las mujeres trabajan la tierra, la cultivan, sostienen a sus familias, pero normalmente las propiedades están a nombre de los hombres.
Eso les impide acceder a créditos o desarrollar emprendimientos propios. Por eso impulsamos grupos de autoahorro entre mujeres, donde ellas mismas gestionan pequeños fondos comunitarios para apoyarse entre sí.
También trabajamos mucho el tema de autoestima y valoración personal. Muchas mujeres sienten que no pueden participar porque no tienen estudios, pero cuando empiezan a reconocerse como personas capaces ocurre un cambio enorme.

Hay muchas desigualdades. Cuando una familia tiene pocos recursos, normalmente prioriza la educación de los niños. A las niñas se les sigue diciendo que deben quedarse en casa, cuidar a sus hermanos y aprender tareas domésticas porque “algún día se casarán”.
Además, muchas comunidades están muy aisladas. Hay niños y niñas que caminan hasta dos horas para llegar a la escuela.
La educación secundaria suele estar lejos y muchas veces es privada, así que continuar estudiando implica costes de transporte, alojamiento o matrículas que las familias no pueden asumir.
Muchísimo. Aunque en las comunidades se habla maya mam, las clases se imparten casi siempre en castellano. Los niños y niñas terminan sintiendo que su idioma o su cultura valen menos. Muchos dejan de usar su traje tradicional o dejan de hablar su lengua porque tienen miedo a ser discriminados.
Incluso había prácticas escolares muy estigmatizantes. En algunos colegios se hacía algo llamado “el mercadito”, donde niñas vestidas con ropa indígena simulaban vender comida o verduras. Poco a poco esas prácticas se han ido eliminando, pero reflejan prejuicios muy profundos.
Es enorme. Muchas familias migran porque no encuentran oportunidades. Y ahora también vemos a muchas adolescentes trabajando en condiciones muy duras. Hay niñas indígenas que pasan jornadas enteras haciendo tortillas, desde muy temprano hasta la noche. Es explotación laboral.
También vemos niños y niñas afectados por las rutas migratorias hacia Estados Unidos. La infancia sigue estando muy desprotegida.
La educación lo cambia todo. Permite que los niños y niñas conozcan otras formas de vida, desarrollen pensamiento crítico y entiendan que la violencia o la discriminación no son normales.
También transforma a las familias. Cuando una mujer empieza a participar en espacios comunitarios, sus hijos e hijas la ven diferente. Muchos niños dicen: “Yo quiero ser como mi mamá”.
Y ahí empiezan los cambios reales. No son solo el futuro: necesitan vivir bien hoy.
Que no podemos hablar de la infancia solo como “el futuro”. Los niños y niñas necesitan vivir bien hoy. Necesitan protección, oportunidades reales, una vida libre de violencia y personas adultas que crean en ellos.
Toda la sociedad es corresponsable de garantizar que puedan crecer felices y cumplir sus sueños.
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