Walter Aguilar tenía 15 años cuando perdió a su madre. Vivía solo, atravesaba un duelo duro y sentía que el futuro se estrechaba frente a él. En su comunidad, la violencia, el alcohol y el consumo de tabaco formaban parte de la rutina de muchos adolescentes.
Entonces apareció una oportunidad inesperada: un taller de teatro en una Casa de Encuentro Juvenil de Educo en El Salvador. Aquel espacio no solo le ofreció actividades culturales. Le dio algo mucho más profundo: escucha, contención emocional y una nueva forma de imaginar su vida.
Hoy, con 36 años, Walter forma parte del equipo de participación y agencias de nuestra ONG Educo en El Salvador y acompaña a niños, niñas y adolescentes para que también puedan encontrar su voz. Su historia refleja el impacto de nuestra organización que cree que la educación no solo enseña: también protege, empodera y transforma vidas.
Era muy inquieto, muy rebelde también. Estaban pasando muchas cosas en mi vida. Mi mamá tenía cáncer terminal y yo la cuidé durante sus últimos meses. Cuando falleció, me quedé solo. Tenía 15 años y mis emociones estaban totalmente revueltas.
Fue un lugar salvador. Allí encontré un espacio seguro donde podía ser escuchado. En mi comunidad había muchas cosas normalizadas: la violencia, el alcohol, fumar desde muy jóvenes. No había referentes distintos. La Casa de Encuentro me mostró otra realidad.
Walter llegó a nuestra ONG Educo gracias al teatro. Un facilitador visitó su escuela y propuso crear un grupo artístico con adolescentes del barrio.
Llegué muy tímido. Pero estaban algunos compañeros de clase y me sentí acompañado. Lo más importante es que allí podía ser yo mismo. Nadie me juzgaba.
Sí. Yo me peleaba con otros chicos porque tenía mucha rabia dentro. Pero el facilitador no me castigaba ni me señalaba. Me acompañaba. Recuerdo que un día me dio un libro para aprender a manejar mis emociones. Era un libro sencillo, con dibujos de un chimpancé que expresaba distintas emociones. Parece algo pequeño, pero me cambió mucho la vida.
En Educo, Walter descubrió actividades artísticas que ampliaron su horizonte. Aprendió guitarra, teatro, malabares, monociclo y batucada. Participaba en todo.
Sí. Empecé a ver que tenía dos caminos. Uno era el grupo con el que fumábamos y buscábamos problemas. El otro era este grupo artístico donde sentía paz y veía posibilidades para mi futuro. La Casa de Encuentro te rompe los paradigmas. Te hace pensar que sí puedes cambiar tu historia.
Nuestra ONG Educo trabaja precisamente desde esa idea: crear espacios seguros donde niños, niñas y adolescentes participen, desarrollen habilidades y puedan defender sus derechos. Y lo hacemos en 17 países donde acompañamos a cerca de un millón de niños y niñas con proyectos de educación, protección y participación infantil.
Walter decidió apostar por otro futuro. Estudió Psicología y después cursó una maestría en Administración de Empresas.
No. Mucha gente me decía que no iba a salir adelante porque estaba solo. Pero yo no me la creí. Pensé: “si puedo hacer teatro, puedo ir a la universidad”. Y lo hice.
Durante ese camino, varias personas fueron clave: su abuela, una vecina que le daba de comer y sus compañeros de la Casa de Encuentro.
Aprendí liderazgo, empatía y trabajo en equipo. Aprendí que podía inspirar a otros jóvenes. Los niños pequeños nos veían actuar y decían: “yo quiero ser como ellos”. Eso te hace entender que puedes generar cambios.
Años después, Walter regresó a nuestra ONG Educo, esta vez como profesional. Primero trabajó con familias y después pasó al área de participación juvenil.
Fue muy bonito. Yo había estado allí como participante y ahora podía acompañar a otros chicos y chicas. Entendí que Educo no solo cambia vidas desde las actividades. También desde la escucha y la protección.
Actualmente, Walter acompaña a adolescentes en espacios participativos y actividades educativas.
Muchísimo. Cuando veo a chicos muy inquietos o enfadados, conecto con ellos porque yo fui así. Intento acercarme desde lo que les gusta: el fútbol, la música, los juegos. A veces una conversación sobre cromos puede abrir una puerta enorme.
Walter cree que los retos han cambiado. Cuando él era adolescente, la violencia de las pandillas marcaba el entorno. Hoy observa otra preocupación constante: la salud mental.
Muchos sienten incertidumbre. No saben si podrán estudiar, si tendrán oportunidades. La salud mental aparece mucho en las conversaciones. Por eso necesitan espacios donde puedan hablar sin miedo y sentirse escuchados.
Para Educo, la participación infantil es uno de nuestros principios esenciales. Los niños, niñas y adolescentes no solo deben ser escuchados, sino participar activamente en las decisiones que afectan sus vidas.
Walter lo resume con una frase sencilla:
“Cuando un niño descubre que puede opinar y que alguien le escucha, empieza a creer también que puede cambiar cosas”.
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