El movimiento es la primera forma de conocimiento. Antes de pronunciar su primera palabra, un bebé ya entiende el mundo con su cuerpo. Mira. Toca. Se orienta. Se cae. Se levanta. Explora.
En esos gestos empieza todo.
Cada experiencia deja huella en el cerebro que no es un órgano pasivo, es una red plástica que se transforma con cada acción. La ciencia lo confirma. La neuroeducación demuestra que el aprendizaje no ocurre solo en el aula ni solo en la mente. El cerebro aprende en diálogo constante con el cuerpo y con las emociones.
Por eso, cuando hablamos de educación, también hablamos de movimiento.
En un contexto global marcado por el sedentarismo y la hiperconectividad, esta reflexión resulta urgente. Según la Organización Mundial de la Salud, el 81 % de los y las adolescentes en el mundo no realiza suficiente actividad física (OMS, 2022).
Además, el tiempo frente a pantallas aumenta cada año, incluso en la primera infancia y esto tiene unas implicaciones:
Menos juego libre.
Menos actividad al aire libre.
Menos experiencias corporales significativas.
Sin embargo, el movimiento no es un lujo ni un extra: es una necesidad biológica y emocional. Cuando un niño juega, corre o explora, regula sus emociones, mejora su atención y fortalece su memoria. La actividad física favorece la flexibilidad cognitiva y la creatividad. Moverse activa el pensamiento.
El derecho al juego también es un derecho educativo. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho al juego, al descanso y a la participación en actividades recreativas (artículo 31). No es un detalle secundario. Es una condición para un desarrollo saludable.
El juego libre construye autonomía y la exploración del entorno fortalece la autoestima. La interacción con otras personas impulsa la integración social.
Cuando este derecho se vulnera, las consecuencias son profundas. En contextos de pobreza, violencia o emergencia, el espacio para el juego desaparece. Y con él, parte del desarrollo emocional y cognitivo.
El desarrollo humano no ocurre en compartimentos estancos. Cuerpo, mente y entorno forman una unidad. La educación que transforma tiene en cuenta esa conexión.
Reivindicar el valor del movimiento no es una moda pedagógica. Es una necesidad cultural y social. En una época de prisas, pantallas y desconexión emocional, recuperar el cuerpo como fuente de aprendizaje es una urgencia.
Moverse es vivir, es aprender y es crear.
Y garantizar que todos los niños y niñas puedan hacerlo en libertad y seguridad también es nuestra responsabilidad colectiva.
Si queremos sociedades más justas y equitativas, empecemos por algo esencial: permitir que la infancia explore el mundo con todo su cuerpo. Ahí empieza el aprendizaje. Y ahí empieza la transformación.
Este texto forma parte del prólogo del libro Educar en movimiento, publicado por la Fundación Alcaraz, que puede descargarse gratuitamente aquí.
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